Antes de leer una palabra más sobre la cosmogonía vibracional, te propongo un experimento de tres minutos. No requiere preparación, ni postura especial, ni saber nada de física. Solo requiere que pares.
Detén la lectura. Cierra el libro un momento, o mantén la página abierta sin leer.
Cierra los ojos suavemente. No fuerces, no busques relajación.
Escucha durante un minuto entero. No el contenido de tus pensamientos: el fondo. Lo que está debajo de los sonidos identificables. El zumbido tenue de los oídos, la sensación de aire moviéndose, el latido apenas audible del cuerpo.
Nota lo siguiente: ese fondo no es silencio absoluto. Hay actividad. Hay vibración. Aun en lo que llamarías «silencio», hay algo sucediendo.
Cuando vuelvas a la lectura, llevarás contigo un dato propio: tu sistema nervioso ya conoce, antes de cualquier explicación científica, que el silencio absoluto no existe en tu experiencia directa. Lo que sigue en este capítulo es la historia de cómo distintas culturas y la física moderna han descubierto, cada una a su manera, que esa intuición tuya es también una propiedad del cosmos.